Hacerlo todo para el Señor

No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, sino desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe

Gálatas 6:9-10

Había un señor que siempre le decía a su sirviente que iba a acordarse de él en el testamento. El sirviente estaba muy contento pues creía que algún día recibiría una herencia. Cuando murió el patrón, encontraron que, según el testamento, el sirviente cuando falleciera tendría el honor de ser sepultado en el panteón familiar. Eso era todo. El pobre hombre hubiese estado mucho más conforme con diez monedas en vida.

Cuando uno trabaja con personas, tiene el placer de conocer a mucha gente que cada uno tiene su propio carácter y su manera de ser. En una expresión muy nuestra, podríamos decir que cada uno es «de su padre y de su madre». Y cuántas veces al igual que yo, habrás conocido a personas que son capaces de prometer «el oro y el moro». Son ese tipo de personas cuya lengua va más rápido que sus propios pensamientos. Y no se dan cuenta que cuando dicen tantas cosas pueden estar ilusionando a personas, pero, al fin y al cabo, todo lo que dicen no son sino meras palabras que luego se lleva el viento. En cambio, también he tenido el privilegio de conocer a personas que no le prometen nada a nadie, «ni el oro ni el moro». Pero son tan fieles, que cuando hacen cosas por otros nadie más se entera de ello. Yo los considero como esos héroes anónimos que lo único que buscan es agradar y servir a Dios, y lo demuestran sirviendo a otros. Este tipo de personas no necesitan que se les haga un homenaje ni necesitan que pongan sus nombres en los boletines de las iglesias. Son personas que están tan comprometidas con Dios, que una de sus maneras de demostrarlo es poniendo en práctica los versículos del encabezamiento sin estridencias ni algarabías. Lo hacen todo para el Señor. ¿Y tú?

Tomados del libro de devocionales del Pastor: “Meditad sobre vuestros caminos”.

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