24 Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.
2 Samuel 24:24 RVR60
Hay una antigua historia que cuenta lo siguiente:
Una misionera se encontró una mañana con una mujer hindú a la que había hablado de Cristo varias veces. La mujer hindú llevaba a sus niños en brazos. Uno de ellos era muy lindo, inteligente, lleno de salud y prometedor. El otro, por el contrario, era deficiente en cuerpo y mente, retardado física y mentalmente. La misionera le preguntó a dónde iba, y para su asombro la hindú le respondió:
—Voy al río a ofrecer a uno de mis hijos a los dioses en sacrificio por mis pecados.
La misionera insistió acerca de su testimonio de Cristo y de la manera verdadera de agradar a Dios y obtener el perdón de nuestros pecados. Pocos días después, la misionera se encontró otra vez con la mujer. Esta vez solo llevaba al niño deformado y retrasado. La misionera preguntó con ansiedad acerca del otro niño, para oír a la madre decir:
—¿No recuerdas? Cuando nos vimos el otro día iba al río para ofrecer a los dioses a uno de mis hijos.
—Oh, amiga mía. —Lloró la misionera—. Si usted tenía que hacer eso, ¿por qué no ofreció y arrojó al río al que nunca estaría bien?
Para su mayor asombro, la mujer hindú replicó:
—Quizá esa sea la manera en la que ustedes viven su religión, pero en la nuestra nosotros siempre ofrecemos lo mejor a los dioses.
En este día me gustaría preguntarte: ¿Qué le estás ofreciendo tú al Señor?
Lo mejor que cada uno de nosotros podemos ofrecerle al Señor es nuestra propia vida. Lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos, lo que tocamos, a donde van nuestros pies, etcétera.
David tenía muy claro a quién servía. Y aunque a lo largo de su vida cometió muchos errores y tuvo que pagar las consecuencias de esos errores, la propia Palabra del Señor nos dice que «era un hombre conforme al corazón de Dios». Un hombre que, siendo rey en esta tierra, estaba convencido de que el único Rey de reyes y Señor de señores era el Dios Todopoderoso. David sabía que si había llegado a ese puesto de tremendo prestigio no era porque él lo valía, ni porque se lo merecía. Sino que había llegado por la gracia de Dios.
Él le seguía ofreciendo a Dios lo mejor de lo mejor. Y no estaba dispuesto a ofrecerle algo que realmente no le costara.
Muchas veces en nuestra sociedad estamos acostumbrados a dar lo que nos sobra. Cuando hay alguna necesidad en alguna familia, solemos darle la ropa que nos sobra, la comida que nos sobra, y si la familia tiene niños pequeños, desde esa temprana edad solemos decirles a los niños que les den a los otros que son más pobres aquello que no quieran y que ya les sobra. Espero que de alguna manera esto pueda remover un poco cada una de nuestras conciencias. Y al Señor y a nuestro prójimo si queremos darles algo sean cosas que realmente nos cuesten; si no, mejor no dar nada.
Tomados del libro de devocionales del Pastor: “Meditad sobre vuestros caminos”.
